No temo repetir la verdad que es antigua como las montañas y la repito también con las palabras del viejo sabio chino taoísta, Lao Tseu.
Lao Tseu, según él "el Tao, la ley del cielo es como un arquero: levanto lo que está abajo y bajo lo que está alto; lo opuesto es la ley de los hombres, esta da a quien ya tiene y quita a quien no tiene”. (De Lao Tseu).
De esto se deduce que se nosotros queremos ser hijos del cielo, hombres de paz, o sea, hijos de Dios, debemos tratar de adaptarnos con pensamientos, palabras y acciones a la naturaleza de la ley del cielo, misión para nada fácil en este mundo de fijeza, de estatización, de codificación de descomunales desigualdades que se justifican diciendo que pertenecen a la naturaleza de las cosas.
¿No es verdad que la enfermedad, que también pertenece a la naturaleza de las cosas, la combatimos con todo nuestro ser cuando nos afecta?
Pero la visión taoísta se unifica para valorizar la otra visión más cercana a nuestra cultura; esta se unifica a una infinita visión y es a su vez valorizada y una gran luz nace de su unión de la que se puede obtener fuerza y unidad, fuerza e inteligencia, o sea, corazón.

